martes, diciembre 08, 2009

Pasó unos segundos de incertidumbre mientras frenaba, en los cuales la inercia no le dejó claro qué estaba ocurriendo realmente, hasta que la leve sacudida hacia atrás (y la calma que siguió) no le dejaron lugar a dudas.

El tren había parado.

La chica que parecía más seria se levantó y fue hacia la puerta, aunque no fuera su parada. Tenía un pelo tan alborotado que no pasó desapercibida. Los rizos le colgaban aparentemente desaliñados desde lo alto de su melena.

Sacó un cigarro.

Un par de puertas más allá, en el mismo andén, la chica de rojo apareció ya cubriéndose la boca con una mano, formando como un compartimento estanco, frunciendo el ceño, y con la otra parcialmente oculta con la primera, sin dejar lugar a dudas sobre lo que estaba haciendo. El tenue fulgor rojizo que apareció poco después lo confirmó.

En el andén opuesto, de espaldas a la via, una chica pensativa acariciaba una tortuga que acogía en su regazo, mientras miraba al horizonte, aparentemente inexpresiva. Pese a las connotaciones habitualmente emocionales de las caricias, del regazo y de los animales domésticos, la seriedad de la chica y su aspecto pensativo daban a la tortuga un aura de intelectualidad, de símbolo: parecía más una idea que una mascota. Tras observar durante unos segundos cuál era esa Idea se me escapa, lo que le añade un toque misterioso a la escena.

Ya no le veo la cara a la chica de los rizos. Solo distingo su brazo, acabado en un cigarrillo agonizante

Dos chicas fumando y otra con una tortuga. Eso es todo.

Mi tren arrancó. Cuando alcanzó la velocidad habitual, la estación había quedado atrás.



La tortuga voló por los aires.


Con furia, su ex-dueña, aún con el brazo estirado en dirección al agonizante animal, corrió con grandes zancadas hacia la vía situada tras ella.

Sus pies golpearon el suelo con rabia, más para liberar ira que para avanzar.

Las fumadoras habían terminado sus cigarros, que cayeron agonizantes al suelo del andén, mientras sus ex-dueñas andaban lentamente hacia la vía situada frente a ellas. Iban decididas. Sin entusiasmo, pero sin un ápice de duda.

Mientras las tres caían a la vía a cámara lenta, una con la faz desencajada y todo su cuerpo esperando el golpe; las otras, como si la caída fuera algo lógico e inevitable, sin escapatoria, que sabían desde siempre y que afrontaban con resignación,


en mi Ipod sonaba "Gracias a la vida".


Sus pies, sus cuerpos, sus manos tocaron el metal pulido tras años de uso, y brillante gracias al Sol, que reapareció justo en ese momento.

No fue la vía lo único que brilló repentinamente

7 comentarios:

Élser dijo...

No comento para dar mi opinión sobre la entrada, que me ha gustado sobre todo por su uso casi semántico de la tipografía, sino para lloriquear porque no has votado en mi encuesta, perro ¬_¬.

EloraDana dijo...

Yo sí voté en tu encuesta, Mikel, pero no me acuerdo qué voté. Respecto a mi opinión sobre la entrada, querido Alejandro, ya hablamos sobre ese asunto y tampoco recuerdo a qué conclusión llegamos.

Élser dijo...

¿En serio votaste? Vaya, entonces no me salen las cuentas @_@. Bueno, gracias por votar de todas formas xD.

EloraDana dijo...

Ah, pues lo mismo al final no voté porque no sabía que votar, la verdad es que no me acuerdo, así que no puedo aceptar las gracias.

Élser dijo...

Pues, ante la duda, me las quedo, para la próxima vez xD.

Volkov Borlaff dijo...

Desconcertante y complicado.

¿Debo denunciarte por maltratar a una tortuga (espero) imaginaria?

Tienes estilo amigo.

Anónimo dijo...


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